Adiós del cancerbero de oro

Por Roddy Romo Seguí

En la vida todo lo que empieza más tarde o temprano acaba. Pero, si en el momento de mirar atrás logras divisar una trayectoria llena de éxitos, alcanzados con sudor, sufrimiento y dedicación, comienzas a darte cuenta del verdadero valor de una corona, de hacer feliz a la afición, y ese instante de decir adiós suele ser menos triste.

Un pensamiento parecido debe haber cruzado por la mente del avileño Andrés Pirri Rodríguez Fleites al tomar la decisión de despedirse en 2010 de los terrenos de fútbol, después de consagrarle como jugador 23 años a esta disciplina. Una carrera llena de alegrías, sin sabores y, lo más imprescindible, de títulos.

Nacido el 20 de agosto de 1977, Pirri Rodríguez inició su andadura por la canchas balompédicas con apenas 10 abriles, en la Escuela 24 de febrero y a las órdenes del profesor Omar García, su descubridor y una de los hombres en quien más confió en el aspecto profesional.

“Desde el principio Omar nos motivó por este deporte, incluso, en mi caso resultó de gran ayuda porque siempre me gustó la portería y de pequeño era de baja estatura para esa función, por lo cual no me dejaban entrar a la Escuela de Iniciación Deportiva. Sin embargo, él apostó por mí, creyó en mis condiciones y no le defraudé”.

“Asimismo, importancia tuvieron el italiano Osvaldo Tachini y el preparador Pablo Alomá, quien trabajó conmigo durante ese tiempo en un puesto que, a diferencia de otros, lleva un entrenamiento específico”.

Campeón de la isla en la categoría 11-12, en Santiago de Cuba (1989), y titular juvenil en 1995,  la valentía mostrada a la hora de salir bajo los tres palos agilizó el debut en la Primera División, el cual llegó en la temporada 1997-1998, para sustituir a excelentes guardametas como Emiliano Molina y Ramón Castillo Fiss.

En su primer año en la máxima categoría, el subtítulo en la segunda edición de la Supercopa de Campeones sería el comienzo de un camino que le llevaría a conquistar los trofeos de Liga de 2001, 2003 y 2010, en una posición donde el perdón de la afición pocas veces prevalece.

– Un delantero falla y luego, si marca, todos olvidan sus errores, no es el caso del cancerbero ¿verdad?

“En el instante que realizas una pifia y te das cuenta lo costoso para el equipo se te cae el mundo encima, de hecho, uno no quiere fallar, pero es inevitable. Al principio yo tenía un temperamento muy fuerte, me cerraba mentalmente; mientras transcurre el tiempo lo asimilas mejor y comprendes que es algo natural”.

– La responsabilidad es incuestionable.

“Así es. No solo porque cada error que cometes puede influir en un marcador adverso del conjunto, también debes guiar a los compañeros y mantenerte activo atrás para obtener una sólida concentración”.

– Trece campañas en el fútbol de alto nivel son muchos partidos y sensaciones ¿con cual te quedarías?

“Me guardo cada uno de los trofeos ganados y el viaje a Venezuela en el 2003. En realidad debía ir la selección sub-20 cubana, pero no lo hicieron por otros compromisos y permitieron a Ciego de Ávila, actual monarca nacional en ese entonces, enfrentar a la sub-23 venezolana.

“El duelo lo perdimos (0-2), bajo un torrencial aguacero y un frío insoportable, aunque sin dudas fue impresionante y, en mi opinión, uno de los mejores encuentros que he tenido, junto al de Villa Clara ese mismo curso que nos dio el segundo pergamino de liga. Éramos por aquel entonces un grupo lleno de juventud y con ansias de victoria”.

– A pesar de cuajar buenas actuaciones a nivel de país, no llegó nunca el sueño de representar a Cuba en lides internacionales ¿te sentiste frustrado?

 “En 1999 fui llamado a la concentración del seleccionado que se preparaba rumbo a la eliminatoria olímpica de Sydney. Ese año la Liga Cubana tuvo un formato de decidir los desafíos empatados en series de penal, y yo había estado entre los principales arqueros del país.

“No obstante, ya dentro del grupo comencé a sentir cierta tirantez con los demás guardametas, por el hecho de era el único en haber jugado como regular en el equipo de mi provincia. Al final, el técnico dijo que la escuadra estaba hecha y me dejaron fuera.

“Me sentí decepcionado, pues pienso tenía la calidad suficiente para integrar la selección, pero unas veces el físico y otras simplemente por no caer bien a la persona que decide tu futuro terminaron por eliminar esa ilusión de mi cabeza. Hubiera deseado estar en una Copa de Oro”.

– ¿Consideras que el balompié cubano deba variar su estructura?

“En la parte competitiva se ve obligado a cambiar por la situación económica, a pesar de ello, lo más importante radica en la organización, la cual en verdad es muy mala. El transporte mejoró bastante los últimos eventos, no así el hospedaje, que suele ser pésimo. Por este problema varios deportistas en la cumbre de su carrera dejan de practicar y deciden buscar un trabajo que eleve su nivel de vida.

“Un ejemplo claro de lo que resulta tener buenas condiciones de alojamiento fueron las temporadas del 2001 y 2002. Se disputaba miércoles y sábado, pero el ambiente en las concentraciones en cuanto alimentación y descanso era estupendo, realmente no sentías el cansancio.

“Lamentablemente, el atleta de casa debe lidiar también con lo pésimo de la mayoría de los terrenos y la vestimenta. En el caso de los porteros te quemas al tirarte, ya que casi siempre es tierra lo que encuentras”.

– ¿Ves capacitado al futbolista cubano para jugar en el extranjero?

“El deportista de casa tiene los atributos primordiales para insertarse en otras ligas. No se trata de ir a Europa, en nuestra área hay torneos muy buenos que aportarían experiencia individual y a Cuba la posibilidad de invertir en sus problemas futbolísticos internos. Además, con ello adquirirías un roce internacional muy importante, vital a la hora de enfrentar rivales superiores”.

Sin embargo, no todo termina tras el retiro definitivo de la portería del club de sus amores. En la actualidad, Andrés Pirri Rodríguez  cumple misión en el estado de Miranda, de la República Bolivariana de Venezuela, donde – al igual que muchos colaboradores cubanos – pone toda la experiencia deportiva en busca de una mayor masividad de este sector en el hermano pueblo.

Marcado por innumerables logros, su futuro estará guiado por la pasión de educador, en las ansias de aportar a las nuevas generaciones los valores conseguidos sobre los campos de juego, los mismos que le hicieron convertirse en uno de los grandes referentes de los arcos avileños.

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